jueves, 30 de agosto de 2018

Ciberbullying: cobardes escudados por pantallas

Este artículo lo escribí en Octubre de 2016 para CanariasAhora y hoy me apetece rescatarlo (lamentablemente, sólo habría que actualizar los nombres, porque la cosa sigue igual)

Los insultos y el desprecio inundan la cuenta de Irina, la instagramer y modelo que tomó la “peligrosa” decisión de empezar a salir con el youtuber más influyente del país: “el rubius”. Rubén Doblas –que así se llama realmente− ocupa el segundo puesto en el ranking de canales de Youtube de habla hispana y es el cuarto más visto a nivel mundial. ¿Su secreto? El devoto seguimiento de sus más de veinte millones de suscriptores. La cifra da vértigo y asusta aún más al comprobar la capacidad destructiva que, parte de su público, puede provocar. La fidelidad anónima tiene la capacidad de transformarse en una horda ciega donde prima el sentimiento de propiedad. Como si el acceso constante a ese pedacito de vida que el youtuber les concede, les pusiera en disposición de imponer reglas y tomar decisiones en su nombre.
Así, a golpe de masa, la modelo recibió un aluvión de visitas con intención predadora. ¿Quién era aquella chica que se atrevía a introducirse en la vida del retransmitido ídolo sin preguntar? La campaña difamatoria incluía desde el insulto barato a las acusaciones de ser una aprovechada, que busca notoriedad para hacer contratos con las grandes marcas. “Querida, muy pronto se acabará tu juego”, sentencia una; a la que parecen secundar, con un gratuito: “Por personas como tú este mundo se va a la mierda”. Comentarios que se vuelven ignífugos si comparamos con las verdaderas amenazas que vociferan en mayúsculas: “TE PUEDES IR PREPARANDO PORQUE TE VOY A APUÑALAR Y POCO A POCO PARA QUE SUFRAS”.

Dentro de las normas no escritas de la fama se tiende a recordar, de cuando en cuando, que este tipo de comportamientos son un precio a pagar si se es conocido. Un argumento que alimenta al monstruo, en lugar de aplicar un poco de sentido común y combatirlo. Este ambiente ha llevado a muchas celebridades a cerrar sus cuentas personales, tras alcanzar un punto de tensión insoportable. Pues no debemos olvidar que, aunque sus vidas difieran bastante de la nuestra, siguen siendo personas. Desvincularlos de cualquier empatía es síntoma de una sociedad enferma; una que disfruta del sufrimiento ajeno, afanada en propiciar el derrumbe de todo lo que sobresalga, con la esperanza de que el destrozo los ponga al mismo nivel de su vacío personal.
Porque la deshumanización a la que se somete a los famosos desde el otro lado de la pantalla, es sólo la punta del iceberg. Los casos relacionados con estrellas tienen una repercusión mayor por una cuestión matemática de visibilidad y magnitud de improperios, pero no son los únicos. Es prácticamente un virus que normaliza el acoso y la difamación, haciendo que todos podamos ser susceptibles de sufrirlo. No hay más que observar un poco, el modelo se repite en cualquier web o plataforma que ofrezca la posibilidad de dejar comentarios (si son anónimos, más). Da igual la temática: ciencia, política, cine o cotilleo. Los perfiles dedicados a escupir odio lo acaparan todo.
Haga la prueba. Piense en algo totalmente inofensivo, por ejemplo, una escena de la película de Disney, “La Sirenita”. En principio la cinta no tiene connotaciones negativas e inspira esa nostalgia que lo amortigua todo. Pues nada más lejos de la realidad. Si decide, en mitad de esa mezcla de alegría y emoción, desplegar los comentarios que se encuentran bajo el vídeo, olvídese de encontrar un intercambio agradable de recuerdos infantiles. Su júbilo inicial pasará al más absoluto de los desconciertos cuando lea las críticas descarnadas que se lanzan −de un lado al otro del océano− los defensores del doblaje castellano versus el doblaje latino. Una batalla que termina con un bando exigiendo el oro robado en el 1400 y con el otro recalcando superioridades con un jocoso “gracias a nosotros sabéis leer”. Una trifulca racista que resuena entre los ecos, aún frescos, de Sebastián cantando “Bajo del mar”.
Por suerte, la política de valorar los comentarios para que sean los más votados los que aparezcan en primer lugar, mitiga gran parte del troleo. O, más bien, maquilla, porque el número de ofensas y ofendidos está lejos de disminuir. Es como si la web sumiese al usuario en un estado de alerta que lo mantiene siempre a la defensiva, recubierto de una fina piel que se reciente al menor roce. Todo se vuelve criticable. Incluso los tutoriales, que son algo pensado para compartir conocimientos desinteresadamente, enseguida serán juzgados con dureza: por ser incompletos, tener mala iluminación, acústica inadecuada o, directamente, por el tono de voz del autor, calificado de insoportable y no apto para los delicados oídos de un público que permanece de incógnito.
Nuevas carreras de riesgo
A estas alturas, resulta evidente para todos que las nuevas tecnologías han propiciado la aparición de nuevas oportunidades laborales. Los inicios democráticos de la red ofrecían una oportunidad igualitaria a cualquiera que tuviera conexión y ganas de expresarse. Al principio, ninguno de ellos pensó que aquello que hacían por hobby, llegaría a tener una repercusión tan grande y, mucho menos, que podrían vivir de ello.
Como planteamiento inicial, parecía una idea de éxito: ¿quién no querría trabajar de lo que le gusta? Cuando hay pasión de por medio, se nota. Siendo esa percepción de autenticidad la que dejaría atrapada a la audiencia; personas que habían llegado hasta allí libremente, sin necesidad de sugestiones previas. No había suspicacias y parecía abrirse un mundo entero de posibilidades. Hasta que ocurrió lo de siempre: las marcas vieron una oportunidad de oro y no la dejaron escapar. Se pasó de un entorno limpio a otro sobresaturado de anuncios; no sólo por medio de popups invasivos o vídeos que no podían omitirse, sino también, de publicidad encubierta. De pronto, aquellos nombres a los que se había cogido tanto cariño, empezaron a recomendar los mismos artículos en cadena y a colar, en aquellas fotos artísticas, un producto previamente monetizado. Cargándose de golpe la clave de su éxito, esa confianza de “tú a tú” que transmitían.

Actualmente, casi todo personaje relevante en la red cuenta con un vídeo o post donde dan explicaciones al respecto, tratando de defenderse de las acusaciones de ser “un vendido”. La mayoría son jóvenes y tienen la necesidad de seguir siendo aceptados en la comunidad virtual que han creado, de ahí que se esmeren tanto en justificar algo que podría quedar perfectamente restringido a su esfera privada. Porque, ciertamente, puede ser criticable la mercantilización masiva pero no tanto el que actúen como intermediarios entre las marcas, si ante todo sigue primando su criterio. Es lo mismo que hacían antes, sólo que recibiendo una compensación económica. Pero aparecido el dinero, llega la duda: ¿me lo recomienda porque le han pagado o porque realmente le gusta? Es el momento de la decepción y la ofensa, instante que muchos aprovechan para entrar a matar, con esa indignación que sólo se manifiesta cuando hay una pantalla de por medio.
A veces las críticas son, simplemente, por rabia. La que da el saber que cobran por algo que, a juicio de muchos, “podría hacer cualquiera”. Una idea bastante discutible pues, aunque estos nuevos empleos pueden llegar a ser muy lucrativos, cuentan con elementos de riesgo.Youtubers,Beauty bloggers,Influencers… tienen muchas etiquetas pero un componente compartido: fortaleza ante las críticas. Porque los haters harán aparición, más tarde o más temprano. Conseguir una coraza que proteja contra el avasallamiento, es el único remedio para una carrera larga.
La fama siempre ha provocado cierta cuota de desprecio, pero la fama en internet deja abierto un canal donde éste puede fluir y desbocarse sin problemas. Con la contrapartida de saber que, si trabajas en y para la red, no vas a poder resguardarte.
De bajón y en bajada
Hasta hace nada, el contacto con nuestros ídolos era más una fantasía que una alternativa realizable. Lo más que se podía hacer era contactar con su club de fans, quedando nuestros deseos e inquietudes a la vista de ojos desconocidos, y fuera del alcance de las estrellas. O ir un paso más allá y hacer guardia por fuera de sus casas, opción que podría rozar el trastorno, además de otros inconvenientes difíciles de sortear.
Con internet, en cambio, estamos a un clic de distancia de nuestros objetos de deseo, pudiendo transmitirles nuestra gratitud y admiración de manera inmediata; contando con la seguridad de que el mensaje será recibido, ya que la gran mayoría opta por llevar sus propias redes sociales. O más bien, optaba, ya que las cifras de famosos que se despiden de los social media aumenta exponencialmente. Algunos terminan por volver pero delegando la actividad en asesores o gente de su equipo, recuperando las distancias del pasado.
El último en darse de baja ha sido Justin Bieber, quien ya había amenazado en varias ocasiones con cerrar sus cuentas. El niño que se dio a conocer con los vídeos de Youtube, parecía saturado por el bombardeo de comentarios sin medida. Anteriormente ya se había quejado del trato de sus fans, quienes se dedicaban a abordarle sin necesidad de mediar palabra, únicamente apuntando con sus teléfonos móviles, en busca del ansiado selfie: “Ha llegado a un punto en el que la gente ni siquiera me dice hola o me reconoce como una persona, me siento como un animal del zoo, y quiero ser capaz de conservar mi cordura”, diría.
La exposición de los famosos termina por convertirlos en objetos, pasando a ser “cosas” que ni sienten ni padecen. Están ahí para entretenernos y podemos irrumpir en sus vidas a nuestro antojo. Para Bieber, la gota que colmaría el vaso serían los insultos dedicados a su novia Sofia Richie, de 17 años. “Voy a hacer mi Instagram privado si no paráis el odio. Esto se os está yendo de las manos. Si fuerais realmente fans, os gustaría la gente que a mí me gusta“, les recriminaría sin efecto. En agosto cerraría indefinidamente su cuenta para desespero de muchos y regocijo de otros.
Lo cierto es, que parece existir un patrón en el odio que lincha mucho más a las mujeres; ya sea a la “novia de” o a aquellas otras que tienen un nombre conocido por derecho propio. Los insultos vienen de ambos sexos pero es como si la mujer tuviera más flancos abiertos, siendo el físico uno de los más atacados. Da igual el tipo, puede ser una modelo de proporciones perfectas como Gigi Hadid o cuerpos que encajen menos en el canon, como el de la creadora y actriz Lena Dunham. Ambas han tenido problemas en el mismo sentido: la diana de sus cuerpos.
La modelo se vio obligada a expresar su descontento en Instagram, fruto de la negatividad que algunos usuarios arrojaban a su cuenta:
«Represento un tipo de cuerpo que antes no estaba representado en la moda, y me siento afortunada por ser apoyada por diseñadores, estilistas y editores que sé que saben muy bien que esto es moda, es arte; y no puede ser siempre lo mismo. Estamos en 2015. Pero si vosotros no sois de esas personas, no explotéis vuestra rabia contra mí. Sí, tengo tetas. Tengo abdominales, tengo culo, tengo muslos, pero no estoy pidiendo un trato especial. Entro dentro de las tallas de muestra. Vuestros crueles comentarios no hacen que quiera cambiar mi cuerpo, no hacen que quiera decir “no” a los diseñadores que me piden que esté en sus desfiles. Si no quieren, no estaré. Así es cómo es y cómo será. Si no te gusto, no me sigas, no me mires, porque no me iré a ningún sitio. Si no tuviera el cuerpo que tengo, no tendría la carrera que tengo. Me encanta poder ser sexy. Estoy orgullosa de ello. Lo he dicho antes… Espero que todo el mundo llegue a un punto en su vida en el que puedan hablar de cosas que le inspiran, y no sobre cosas que destrozan a otros. Si no quieres formar parte del cambio, al menos, ábrete a él, porque está irremediablemente sucediendo»
En el otro extremo está Dunham, la prueba viviente de que cualquier medida es censurable. La actriz ha tratado siempre de luchar contra los estereotipos, mostrándose desnuda o alejada de todo artificio para señalar que existen otras realidades. Sus elogiables esfuerzos, en cambio, se verían sobrepasados con Twitter a raíz de la publicación de una foto suya en ropa interior (alejada de toda pose sugerente). La oleada de insultos fue tan brutal, que Dunham tiró la toalla con la red de los ciento cuarenta caracteres por considerar que aquel ambiente no era bueno para su salud mental. Finalmente, optaría por dejarla en manos de un gestor, admitiendo que “No quiero saber ni la contraseña”.
Ciberbullying: la intimidación constante
La relación está clara: a mayor notoriedad, mayor número de críticas y comentarios negativos. Pero no hace falta ser una estrella de Hollywood para vivir un linchamiento en carne propia. El anonimato de la red consigue sacar a relucir los desechos del alma humana y aunque haya gente que no lo utilice con este fin, son pocos los usuarios que se salvan de los episodios de descrédito en la red.
La diferencia matizable de estos enfrentamientos sería la asiduidad. No es lo mismo un altercado puntual que el ser sometido a una persecución que se alarga en el tiempo. Cuando es una situación que se repite, hablamos de ciberbullying, que es la manera que ha encontrado el acoso de introducirse en nuestros hogares.
Es importante entender que nuestra generación es la primera en utilizar internet, así que somos los conejillos de indias del medio, descubriendo sus bondades pero también sus zonas oscuras. Éstas suelen concentrarse en las redes sociales, debido al uso generalizado y la facilidad de crear perfiles falsos o bajo pseudónimos, desde los que repartir amenazas. Los adolescentes son los que tienen más probabilidades de caer en este tipo de comportamientos, ya sea como víctimas o como ejecutores. De hecho, nueve de cada diez han sido testigos de intimidación en las redes sociales, según un estudio del PewResearch Center. Es lo que se conoce como “mayoría silenciosa”; ésta puede actuar como cómplice también, al reír y compartir las imágenes o comentarios de burla de sus compañeros.
El acoso escolar, que en el pasado terminaba tras el horario lectivo, se mantiene ahora sin descanso, permitiendo la participación de cualquiera. La ofensa se propaga de móvil a móvil sin que la víctima tenga opción de defenderse, aumentando los efectos de la agresión. De ahí que el número de suicidios aumente, las cotas de estrés son demasiado altas para un periodo tan frágil, emocionalmente, como es la adolescencia.
¿Pero qué se puede esperar de una sociedad que potencia el agravio? Estamos inmersos en una cultura que se cree en el derecho de expresar todos sus pensamientos, sin filtro, encontrando en el falso protagonismo que da la red, una palestra desde la que sentenciar y perseguir. Las frustraciones personales encuentran una vía de escape ideal en este escenario. Los cobardes se mantienen a salvo y la distancia con el interlocutor, los insensibiliza.
Buscar las señales de alarma que nos avisen del ciberacoso, es importante, pero también lo es el analizar las causas de este desapego generalizado. Descubrir qué motiva a un número creciente de individuos a redimir sus complejos y demonios a costa del bienestar ajeno. Centrarnos un poco más en la enfermedad y no tanto en aliviar a los que sufren sus efectos (que también). Porque atacar el problema de raíz es el medio más efectivo para una erradicación total.
Podemos empezar con nosotros mismos, hagamos inventario de nuestros miedos, palabras y acciones; pero sobre todo, no seamos cómplices y censuremos estos comportamientos cuando surja la oportunidad. Dar ejemplo es el mayor seguro para sentar las bases que crearán una sociedad mejor mañana.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Hiper (des)conectados


La sala de espera del médico, la cola del supermercado, el interior del transporte público… en cualquiera de estos escenarios se reproduce el mismo patrón: cabezas bajas y ojos fijos en la pantalla. La luz blanca de nuestros dispositivos nos hipnotiza y con ellos, las esperas ya no lo son tanto. Esquivar el tedio no parece algo reprochable, sin embargo, el automatismo de consultar la pantalla a cada segundo de silencio está empezando a limitar nuestra capacidad de introspección. Leer un artículo en el móvil pueda hacernos reflexionar pero, ¿por cuánto tiempo? Normalmente pasamos de un estímulo a otro: consultamos una noticia, vemos las últimas fotos de Instagram y mantenemos tres chats abiertos con sus demandantes ventanas emergentes. Demasiados elementos para retenerlos y, mucho menos, para analizarlos como corresponde.

“Los tiempos muertos son importantes para no limitarnos simplemente a reaccionar ante lo que otros están publicando o haciendo en la red”, explica José Luis Orihuela, escritor y profesor en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra. Este “reaccionar” produce un efecto de falsa reflexión porque es superficial, episódico. El conocimiento está demasiado disperso como para anclarse, los datos llegan fragmentados y rápidamente son reemplazados por otros nuevos. En un mundo sobresaturado de información, donde nada es capaz de mantener nuestra atención el suficiente tiempo, parece irremediable caer en lo insustancial. “La cultura líquida moderna ya no es una cultura de aprendizaje, es, sobre todo, una cultura del desapego, de la discontinuidad y del olvido” concluye el sociólogo Zygmunt Bauman.


El miedo a perderse algo

Nuestra nueva realidad, más que nunca, está llena de opciones y cuenta con la exigencia añadida de que será evaluada por nuestro ciberentorno. Cientos de ojos dispuestos a validar o rechazar nuestra acciones, a cualquier hora y en cualquier lugar. Las redes sociales inducen a la comparación y, en consecuencia, a la promoción: demostrar felicidad, éxito y ociosidad para estar a la altura del resto. Documentarlo −y compartirlo−, en lugar de vivirlo. Es puro ilusionismo, y aunque lo sabemos, la sobreexposición puede terminar por afectarnos. Como dijo Montesquieu: “Si nos bastase con ser felices, la cosa sería facilísima; pero nosotros queremos ser más felices que el resto, y esto es siempre difícil, porque creemos que los demás son bastante más felices de lo que son en realidad”.

Recibir una recompensa a modo de “me gusta”, no es suficiente, pues su efecto desaparece a la misma velocidad que crecen las actualizaciones del resto. Pero seguirse fijando en ellas es inevitable. Somos curiosos y resulta difícil no tentarse cuando la posibilidad está a sólo dos golpes de botón. Mirar el móvil se ha convertido para muchos en el primer gesto nada más levantarse y en el último antes de irse a dormir. Según el Informe Ditrendia de 2016, un 85% de los españoles utiliza el móvil a diario (el 55% lo deja en la mesilla de noche) y las aplicaciones más utilizada son WhatsApp y Facebook, justamente aquellas que permiten conectarnos.

De esta hiperconectividad surge el efecto FoMo (del inglés, Fear of Missing out; traducido como: miedo a perderse algo), un tipo de ansiedad social definida por el psicólogo Andrew Przybylski como la preocupación compulsiva de perder oportunidades, ya sea una interacción social, una experiencia nueva, una inversión rentable o cualquier otro acontecimiento satisfactorio. Temor que está ligado al deseo de estar siempre conectado y conocer lo que los demás están haciendo.


El término FoMo se volvió relevante a raíz de un artículo publicado en Harvard donde Patrick McGinnis señalaba la incapacidad de sus amigos −y la suya propia− de comprometerse con nada, ya fuera algo tan sencillo como reservar un restaurante. Parecía como si después de los atentados del 11 de septiembre, el temor a otra posible catástrofe les hiciese querer vivir la vida al máximo. Como resultado, comenzaron a revisar todas las opciones posibles cada vez que tenían que elegir algo, hasta el punto de quedar paralizados por la indecisión.

Según Bauman: “Estamos acostumbrados a un tiempo veloz, seguros de que las cosas no van a durar mucho, de que van a aparecer nuevas oportunidades que van a devaluar las existentes”. Por eso las personas imbuidas por el FoMo consumen todo tipo de experiencias y relaciones de manera superficial y agónica, con el recordatorio perpetuo de que hay algo o alguien mejor esperándoles. Sin darse cuenta de que el siguiente cambio no tiene por qué ser a mejor, sólo diferente. Compartiendo, si acaso, la ausencia de significado por pasar de puntillas y sin mojarse.  “A veces”, declaró Przybylski, “es bueno aislarse del mundo de las posibilidades”.

jueves, 30 de noviembre de 2017

Felicidad reflexiva con momentos de asqueo


Dicen que las personas somos capaces de superar la mayor de las tragedias pasados unos meses. Se llama resiliencia, e internet está lleno de listas que enumeran los mejores hábitos para conseguirla. Porque, hoy en día, todo se puede reducir a una lista; lo que lanza un sigiloso y perjudicial mensaje de autoculpa. Al final y al cabo: si estás mal, es porque quieres (vago incapaz de seguir una lista). Porque tú y sólo tú eres dueño de tu felicidad. Entorno y circunstancias no tienen nada que ver. ¡Tú eres un ser impermeable a los acontecimientos! ¡Las opiniones ajenas no pueden dañarte! ¡La influencia externa es de débiles!... Toda una serie de consignas que te convertirán (por mucho marketing de Mr Wonderful que haya) en el perfecto psicópata.  

El positivismo cuqui de tendencia neoliberal me tiene harta. No vivimos en burbujas, no tenemos las mismas oportunidades y, gracias a dios, registramos un número importante de sentimientos negativos. Hay que poder sentirse mal para percibir luego la diferencia. El desánimo no es malo por definición. Permitámonos reflejar tristeza, decepción o impotencia de vez en cuando. El escaparate de subidón yonki que representan las redes sociales está haciendo mucho daño. Nunca fue tan fácil compararse con espejismos...



En mi caso, han pasado 9 meses desde que cambió todo. Yo sigo siendo yo, pero es como si todos mis estados anímicos partieran de una base inferior y me costase mucho más remontarlos. Y no, no puedo culpar a mi resiliencia (o como quieras llamarlo). Si no me siento bien, no es sólo porque la muerte de Ronda haya dejado un vacío en mi vida. El duelo está ahí pero no he dejado de ser una persona funcional que se obliga a cumplir objetivos. Claro que hay días en los que siento que no vale la pena, pero al siguiente me levanto y me fuerzo a la normalidad. Y trato de influir en mis circunstancias, porque sé que no me va a caer nada del cielo; pero intentarlo, no asegura el éxito de nada. Hay un millón de variantes de las que no somos responsables; porque la vida no funciona a base de sonrisas impostadas y mantras buenrollistas. Es algo mucho más complejo e injusto. Y no, no hay equilibrio ni equidad. Lo cual no significa que no puedas hacer tu parte y aportar un poco de gentileza, pero no por ello el mundo seguirá moviéndose con las mismas reglas viciadas. Asumir la mierda imperante no incapacita para reconocer los momentos buenos o las personas valiosas, pero estoy cansada de las apariencias binarias donde: o bien eres una persona ultra feliz, o un cínico amargado. ¿Qué tal un poco de ambas? Una felicidad reflexiva con sus momentos de asqueo. A lo mejor yo soy un poco ciclotímica pero los absolutos me han olido siempre a cuento.

miércoles, 4 de octubre de 2017

El casting infinito


Quiero reconciliarme con 2017, de verdad que sí, pero insiste en ser agotadoramente desquiciante. No para de entreabrirme puertas para luego pillarme los dedos con sadismo desmembrante. ¡Ya está bien de falsas esperanzas! Todas esas luces al final del túnel se apagan con la corriente porque, al parecer, no hay salida. Persigo falsas pistas y me pierdo cada vez más adentro. ¡Te odio, 2017!

No es fatalismo. Son hechos, uno tras otro, que se salen de la estadística de la probabilidad y caen en el conjuro. Aunque siendo sincera, tampoco creo en el mal de ojo, así que no tengo a quién culpar. Sé que no hay un plan y es una lástima. En estos casos, la fe y la superstición llevan a la gente a creer que hay una lógica y, en consecuencia, una solución; o por lo menos, un ritual que llevar a cabo para apaciguar la mente. Yo no tengo esos recursos. Reconozco mi importancia infinitesimal en el universo y ya, mi mala racha ni se percibe. Así que no puedo encender una vela, hacer promesas con implicación sádica o simplemente conversar mentalmente con esperanza de recepción. Podría, pero la eficacia de estos actos depende de la credibilidad que tú mismo le asignes…

No es que esté esperando grandes cosas (no hay euromillones de por medio), son, simplemente, básicos de la vida y que para más colmo se me presentan a modo de retrato robot. Sé que encajo ahí, sé que tengo posibilidades; pero todo queda en un dos más dos que no termina de dar cuatro. Y esa es la injusticia. Es como: si cuando se me presenta la oportunidad más real de todas y doy todos los pasos correctos hacia ella, y ni aun así sale. ¿Para qué seguirlo intentando? Todo lo demás son apuestas de riesgo, con mil variables incontrolables y una incertidumbre que abruma.

El otro día hice la prueba del oráculo de las canciones, porque entre toda mi racionalidad me permito ese paréntesis, y sonó don't look back in anger, adecuada de todos los modos, tanto en mensaje subliminal como directo. Al final resultó ser que aún no hay decisión definitiva, lo cual es lo menos malo dentro de lo peor, pero sigue siendo una tortura exasperante. Cada día vivo doscientos estados anímicos: paso de la ilusión al querer quemar cosas. El viernes hará un mes que espero perono sé si mi salud mental se mantendrá hasta entonces…


lunes, 25 de septiembre de 2017

Creencias convertidas en verdad: la paradoja de la tolerancia


¿Recuerdan aquello de “es mejor callar y parecer estúpido, que hablar y disipar toda duda”? Ni siquiera necesitan conocer la fuente original (Mark Twain), basta con haber visto Los Simpsons para reconocerla. La frase tiene sus variantes en el refranero popular, esas pequeñas píldoras de sabiduría que se traspasaban de padres a hijos; eran tiempos donde pocos sabían leer o escribir, pero entendían el concepto y la importancia de llevarlo a cabo. Ahora, con menores tasas de analfabetismo, la premisa parece tener una reacción más afín a la de Homer Simpson: “Debo decir algo o pensarán que soy idiota”. Un automatismo que se ha revestido de derecho, amparándose en una confundida libertad de expresión.  

Esta conducta solía verse frenada por los más cercanos pero hoy en día, al ocurrir con una pantalla de por medio, el entornar masivo de ojos no surte el mismo efecto. Por el contrario, “el ideólogo” se puede encontrar jaleado por un séquito que representa fielmente aquello de “los que más hablan son los que menos tienen que decir”. Porque internet, y especialmente las redes sociales, se han convertido en una ventana excepcional, un escaparate donde verter lo primero que se nos pase por la cabeza y encontrar, en la inmensidad de la red y gracias al hashtag adecuado, un gemelo de pensamiento que nos aliente.

Por eso, en pleno siglo XXI, hay un grupo cada vez mayor de personas que cree, y afirma, que la tierra no es redonda. Poco importa el historial de pruebas científicas, ni mucho menos, el material gráfico existente; que la NASA envíe fotos y vídeos no significa nada, ¡podría ser todo un montaje! Es una parte más de las teorías de conspiración que se remontan al alunizaje de 1969, considerado el rey de los fraudes. “Hasta que no lo vea con mis propios ojos, no lo creeré”, es el argumento más repetido. De manera que la información debe convertirse en experiencia para ser válida. Un sistema que es toda una contradicción en sí mismo.

Para dudar de la esfera terrestre, aplican el mismo juego de la experiencia: miro al horizonte y veo una línea recta, por tanto, al final de eso debe existir un precipicio donde habita el Kraken. Bueno, lo de los monstruos medievales ha desaparecido de la historia, intercambiándose ahora por una barrera de hielo que evita el desbordamiento de los océanos. Al menos así lo defiende la Flat Earth Society, un grupo de convencidos “terraplanistas” que afirma, sin titubeos, que lo mejor es “confiar en los propios sentidos para discernir la verdadera naturaleza del mundo que nos rodea”. Por lo que: si el mundo parece plano, tendrá que serlo.

El movimiento incluye gráficos y referencias históricas con los que convencer a los más ingenuos, como una serie de animaciones de nuestro planeta convertido en disco y sobre él, una cúpula que incluye la atmósfera, el sol, la luna y las estrellas. Y así, a fuerza de implicar el escepticismo de Descartes y citar algunos experimentos (ya refutados), ganan adeptos. Cuando sería suficiente con poner en práctica la duda cartesiana a la que nos invitan para descubrir las mentiras que los sustentan. Una rápida consulta en la red desmorona sus principales credenciales científicos, como el experimento de los niveles de Bedford. Los terraplanistas se amparan en las observaciones que Samuel Birley Rowbotham realizó en 1838 y que, efectivamente, concluían que la Tierra no era redonda. Sin embargo, no incluyen que unos treinta años más tarde, en 1870, el experimento se ajustó para evitar los efectos de la refracción atmosférica. De esta manera, Alfred Russel Wallace encontró una curvatura que demostraba la forma esférica del planeta.

Los terraplanistas presumen de dudar de todo excepto de sus propias fuentes terraplanistas. Cuestionan el consenso científico en favor de teorías de complot donde son ellos contra el mundo y no hay eclipse (para el cual tienen una explicación alternativa, por supuesto) que les haga cambiar de idea. Como dijo Neil deGrasse Tyson en Comedy Central: «Todo esto es un síntoma de un problema mayor. Hay un creciente esfuerzo anti intelectual en este país que tal vez sea el principio del fin de nuestra democracia informada. Por supuesto, en una sociedad libre puedes y deberías pensar lo que quieras. Si deseas pensar que la Tierra es plana, adelante; pero si piensas que el mundo es plano y tienes influencia sobre otros (…), entonces, estar equivocado se convierte en dañino para la salud, la economía y la seguridad de nuestros ciudadanos. Descubrir y explorar nos ha sacado de las cavernas y cada generación se ha beneficiado de lo que las generaciones previas han aprendido. Isaac Newton dijo: “Si he visto más lejos que otros, es por estar subido a hombros de gigantes”. Por eso, cuando estás sobre los hombros de aquellos que han estado antes que tú, deberías ver lo suficientemente lejos como para darte cuenta de que la Tierra no es jodidamente plana».



lunes, 11 de septiembre de 2017

Broad city


Jacobson y Glazer tenían claro su objetivo: estaban dispuestas a trasgredir, y tuvieron la suerte de tener la tecnología de su lado. Internet, una vez más, hizo las veces de salvoconducto para aquellos que no parecen, ni quieren, encajar en lo establecido. La red, en su espíritu democrático, dio vía libre a sus ideas y les sirvió de lanzadera. En Youtube encontraron el espacio ideal para compartir una serie web donde experimentarían con vídeos cortos −no más de tres minutos de duración− que serían un primer esbozo, más casero y destartalado, de su posterior éxito, Broad City.

A los vídeos les faltaba pulido, pero tenían potencial. Al menos eso fue lo que pensó Amy Poehler, actriz y antiguo miembro del Saturday Night Live, quien empezó a ejercer como mentora para las chicas. Su apoyo incondicional la llevaría a producir la serie tras conseguir un contrato con Comedy Central. La cadena firmaría por una primera temporada en 2014 y a cambio obtuvo un producto totalmente fresco, irreverente y ante todo, personal. No había nada igual: una serie creada y protagonizada por mujeres que huía de cualquier estereotipo. De hecho, cuando se les pregunta sobre esto, ambas niegan que el hecho de ser mujeres sea una parte especialmente importante de su proceso creativo. “Los personajes definitivamente tienen vaginas, pero no pensamos en eso cuando escribimos”, explica Glazer.




Sin etiquetas, simplemente humor

Broad City es un salto sin red, una escandalosa y surrealista radiografía de la vida en Nueva York pero con una vuelta más de ingenio. De hecho, su punto de partida no es nuevo: dos amigas abriéndose paso en la gran ciudad. El tema puede resultar manido, pero la óptica de sus creadoras es tan original que no se encuentran paralelismos en otras series, y menos, con protagonistas femeninas.


Aunque para ellas no se trata de una cuestión de género. Hacen humor sin distinciones: puede ser absurdo, inteligente o una completa payasada pero no piensan en atraer un público determinado, más allá de la risa. Si hay algo estrictamente femenino en sus historias, aparece por el simple hecho de ser tabú, como la vergüenza que acompaña a la menstruación o la negación de la masturbación. Y aprovechan estas circunstancias para arrebatarles cualquier mística u obscurantismo, encontrando siempre un revés cómico inesperado



Broad City aporta una versión alternativa de otras historias que retratan la vida neoyorkina. No es el Manhattan de Seinfeld o el Brooklyn de Girls, ni mucho menos, la realidad paralela del Upper East Side de Gossip Girl. Abbi e Ilana no representan nada de esto. Ellas van en metro, hacen números para comer en un restaurante y pasan gran parte de su tiempo en parques públicos sólo para descansar un momento de sus compañeros de piso. Sus vidas, pese al surrealismo que caracteriza muchas de las escenas, tienen uno de los telones de fondo más realistas de la televisión. Porque aquí la imaginación tiene otro propósito.


Tanto Glazer como Jacobson interpretan una versión exagerada de ellas mismas donde prima la cotidianidad llevada al absurdo. Sus personajes se permiten hacer de todo, no hay cautela ni moraleja, porque lo importante es conseguir la carcajada. Así nos encontramos con Abbi, una ilustradora que sobrevive trabajando como personal de limpieza en un gimnasio. Fantasea con la idea de ser monitora de spinning, una ensoñación de la que suele despertar, sobresaltada, al caerle encima la toalla usada de algún cliente. Se siente atraída por su vecino pero no es capaz de superar las frases de rigor que ofrecen los encuentros en el ascensor. Por su parte, Ilana hace el vago sin remordimientos en una empresa que lanza ofertas por internet, Deals Deals Deals; al tiempo que mantiene relación abierta y consume marihuana como deporte.  La despreocupación de una choca con la sensatez de la otra, una combinación que no les impide ser las mejores amigas, de un modo genuino y falto de toda la toxicidad que otras ficciones representan. Y aunque sus personajes fracasen, se respira un permanente aire de optimismo, como una invitación a poner en pausa las preocupaciones existenciales.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Okja: una fábula contra el capitalismo de la carne


Okja tiene una gran ventaja de su parte: es ficción, y como fábula que es, nos acercamos a ella con la guardia baja. Pocos esperarían que una película palomitera les cambiase, pero este cuento nos enfrenta a una parte muy real de nuestro día a día y que solemos omitir, aplicándonos aquel “ojos que no ven, corazón que no siente”. Pues Okja les hará sentir, o cuanto menos, cuestionarse su estilo de vida.

Si el mensaje de la película produce tanto impacto es porque Okja no aparece como el producto final al que estamos acostumbrados −una bandeja de carne envasada al vacío−, sino que lo hace como nuestra mascota. El director, Bong Joon-Ho, retrata el vínculo entre Okja, un cerdo transgénico, y Mija, la niña protagonista: una amistad sin devaluaciones que se desarrolla en los bosques de Corea del Sur. El afecto es mutuo y palpable, igual que el que cualquiera con un perro o un gato en casa corroboraría. Una compañía que no necesita de palabras para confortarnos y que, como en el caso de Okja, muestra inteligencia y empatía. Es, al identificarnos con esta conexión, cuando sucede la magia y el mensaje nos llega de pleno: tenemos que terminar  con esta injusticia. Pudiendo llegar a ser más efectivo que artículos o documentales animalistas, ya que el público no está sesgado de antemano.

Tampoco es que Bong Joon-Ho pretenda convertir a la audiencia al veganismo, pero sí espera hacerla consciente de la terrible realidad de esta industria. Es ‘el efecto Okja’ y está en boca de todos.


Una aventura épica


La trama principal de Okja narra la historia de amor entre una niña y su mascota. Mija (An Seo Hyun) demostrará una lealtad inquebrantable y no perderá de vista su objetivo ni por un momento: recuperar a Okja. Ésta ha sido su compañera de juegos en los remotos bosques de Corea y, junto a su abuelo, conforma su pequeña familia. El animal se asemeja a un cerdo pero supera el tamaño de un hipopótamo. Se trata de una especie transgénica, un experimento creado por la Corporación Mirando y etiquetado como supercerdo. Su creación forma parte de una estrategia de marketing que aspira a lavar la imagen de Mirando, reapareciendo como una compañía ecológica cuyo fin es acabar con el hambre del mundo. Para ello han organizado un concurso a nivel mundial donde distintos granjeros competirán por criar al mejor supercerdo. El abuelo de Mija es uno de los candidatos.


Okja vive ajena al plan y se desarrolla como un apacible gigante que demuestra tener una gran sensibilidad e inteligencia, pero esto carece de importancia para la directora y gestora del proyecto, Lucy Mirando (Tilda Swinton). Para ella, los supercerdos son el milagro que “el mundo ha estado esperando”, diseñados para “consumir menos piensos y producir menos excrementos”, pero sobre todo, “para saber a gloria”. Producirlos en cadena será el siguiente paso, tras celebrar el peculiar concurso de belleza porcina que tendrá lugar en Nueva York, presentado por un decadente zoólogo televisivo, el Doctor Johnny Wilcox (Jake Gyllenhaal). Pero Mija no se rendirá tan fácilmente y seguirá a su amiga hasta Estados Unidos, ayudada por el Frente de Liberación Animal, un grupo de ecologistas liderados por Jay (Paul Dano).

La película combina varios géneros sin resultar caótica, alternando humor, horror y ternura, a un ritmo que consume velozmente sus dos horas de duración. Los paisajes de Corea parecen hacer un guiño a las escenas más icónicas del Studio Ghibli, donde Okja aparece como una suerte de Totoro gigantesco que concentra la misma dosis de monumentalidad y encanto. Diseñada por Hee Chul Jang, se integra con absoluto realismo gracias a los efectos visuales de Erik-Jan de Boer, ganador de un Oscar por su trabajo en La Vida de Pi. El director de fotografía, Darius Khondji, cierra el equipo, deslizándose magistralmente desde la belleza de las montañas, con sus paisajes panorámicos, a la oscuridad y crudeza industrial de la última parte.


domingo, 30 de julio de 2017

Olive Oatman: la misteriosa mujer del tatuaje azul en la barbilla


Al pensar en los pioneros nos viene a la mente la imagen de aquellos hombres y mujeres dispuestos a cruzar el océano con la esperanza de fundar un mundo nuevo. El problema era que aquel “nuevo mundo” ya existía y había estado habitado durante generaciones por los nativos del lugar: Cherokees, Apaches, Quapaws, Siouxs... infinidad de tribus que aprendieron a adaptarse a la salvaje Norteamérica. De hecho, si muchos de estos colonos sobrevivieron fue gracias a las enseñanzas de los indios; un gesto que obtuvo una contrapartida menos generosa (enfermedades, exilio…) y que redujo drásticamente su población.  

La colonización del siglo XIX difícilmente podrá deshacerse de su oscuro legado, pero centrándonos en el punto de vista de los recién llegados, resulta tentador imaginar las sensaciones de aquellos pioneros. El sobrecogimiento de atravesar las llanuras de Nebraska o la impresión de divisar las Montañas Rocosas. El continente norteamericano era inmenso y lleno de contrastes, pero sobre todo, no se parecía a nada de lo que habían visto antes. El impacto de aquellos paisajes tuvo, sin ninguna duda, que emocionarles; aunque no por ello el más ordinario de los días estuviera exento de dureza.

En 1850 comenzaría la travesía de la familia Oatman, a la que no movía el afán de aventura, sino los designios divinos de su pastor, James C. Brewster. Éste, tras varias disputas, se desvinculó de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y se dispuso a liderar su propia fe. Brewster creía que el lugar sagrado para los mormones no se encontraba en Utah, sino en California, y convencido de ello, condujo a sus seguidores a través del desierto. Al llegar a Santa Fe, casi un año después, la caravana volvió a dividirse. Algunos decidieron asentarse allí, otros continuaron hacia el norte, y los Oatman decidieron alcanzar la desembocadura del Colorado en solitario.


A la familia se le advirtió que aquel tramo era estéril y peligroso, pero como suele decirse en estos casos: la fe mueve montañas (y camufla bastante bien los impulsos suicidas). Aquella elección pronosticaba la tragedia, pero Royse Oatman decidió continuar el camino junto a su mujer y sus siete hijos. Para evitar las altas temperaturas, los Oatman viajaban de noche, pero eso no impidió que los bueyes fueran cayendo, a la par que las provisiones, cada día más escasas.  Aquel era un páramo seco y sin vegetación, donde ondeaba el aire y la cordura se desvanecía. La situación comenzaba a ser desesperada cuando un grupo de nativos alcanzó el carruaje. Los indios querían comida y tabaco pero la familia no podía prescindir de nada. Sorpresivamente, la negociación derivó en ataque y los yavapais apalearon a los pioneros hasta la muerte. A todos salvo a dos: las hermanas Olive y Mary Ann, de 13 y 8 años, respectivamente.

Lorenzo, el hermano mayor, fue dado por muerto pero milagrosamente sobrevivió a los golpes. Las niñas, en cambio, se creían completamente solas: sin familia, ni testigos de la masacre. Sus opciones parecían pocas y ahora, además, eran prisioneras de los yavapais. Con ellos recorrieron el desierto durante días, quedando muy debilitadas a causa de la deshidratación y los golpes. El maltrato sufrido durante el trayecto las convencería de su nueva realidad: eran esclavas de los indios.


La aparición de los Mohave

Las hermanas pasarían un año en cautividad, tratando de sobrevivir a las extremas condiciones del desierto de Arizona. Los yavapais se alimentaban de carne de venado, ardillas o serpiente hervida, pero ellas debían conformarse con los brotes de yuca, raíces o tunas que encontraban. Cualquier queja era rápidamente reprendida, Olive explicaría como “se deleitaban dándonos latigazos injustificados más allá de nuestras fuerzas”.

Afortunadamente, la suerte de las niñas cambiaría cuando una tribu vecina, los mohave, apareció para hacer negocios con ellos. A los recién llegados les llamó la atención la presencia de las dos niñas blancas y movidos por la compasión, pactaron un intercambio. Un par de caballos y mantas sirvieron para trasladar a las hermanas a su nuevo destino.


Los mohave vivían en un valle donde los bosques de álamo y los pequeños campos de trigo contrastaban con las tierras baldías de los yavapais. Olive y Mary Ann pasaron a formar parte de la familia de Espanesay y Aespaneo, un matrimonio que las crió como a sus propias hijas. Para demostrar su unión con la comunidad, se les tatuó en la barbilla, brazos y piernas, unos dibujos a base de gruesas líneas azules. Con este diseño tradicional, los mohave aseguraban el reencuentro de sus miembros en el más allá, y suponía una prueba de su compromiso con las niñas. De hecho, el término que éstos utilizaban para describirlas era “ahwe” que significa “extraño” y  no “esclavo” o “cautivo”.

Mujer Mohave con los tatuajes tradicionales
Aparentemente, las hermanas Oatman se integraron totalmente en la comunidad hasta el punto de que, en  febrero de 1854, no dijeron nada cuando aparecieron más de cien hombres blancos. Eran topógrafos que estudiaban el terreno buscando trazar una ruta para el ferrocarril desde el río Misisipi hasta el Pacífico. El equipo pasó una semana con los mohave, que fueron descritos como amistosos y serviciales, siempre dispuestos a echar una mano.  Puede ser que las niñas, al creer que no les quedaban parientes vivos, hubiesen abandonado por completo la idea de escapar. Pero el afecto con el que Olive siempre relató a su familia mohave pone en duda esta teoría. 

Las chicas continuaron llevando una vida pacífica entre los nativos hasta que una hambruna terminó con la vida de Mary Ann. Su muerte −junto a la de muchos otros miembros de la tribu− fue consecuencia de una inundación que destrozó las cosechas. Olive trató de conseguir comida para su hermana, incluso fue con varios de los mohaves a buscar alimento a las montañas pero Mary Ann, que nunca se había recuperado totalmente de sus marchas forzadas a través del desierto, falleció a su regreso. La comunidad se dispuso a preparar la ceremonia de cremación cuando Olive los detuvo. Quemar a los muertos suponía una atrocidad según sus creencias mormonas, por eso pidió enterrarla y aunque esta idea contradecía las costumbres del poblado, la dejaron hacerlo. Olive eligió para ello una zona del jardín, aquel que su nueva familia les había regalado, justo a su llegada.

domingo, 9 de julio de 2017

Conectadogs: un lugar para las segundas oportunidades

Cuando me acerqué al mundo del voluntariado, lo hice desde el más absoluto desconocimiento, ajena a la dureza de las protectoras de animales. Como la mayoría, no era consciente del trabajo y las necesidades de este tipo de centros. Mi propósito era ayudar y fui allí sin más pretensión que ésa: echar una mano en lo que hiciera falta. Afortunadamente, cada vez son más las personas dispuestas a implicarse y a aportar su pequeño granito arena a estas causas. Sin embargo,  el abandono de animales en España mantiene unas cifras preocupantes: sólo en 2015 las sociedades protectoras atendieron 137.000 casos. Por eso, aunque trabajadores y voluntarios dan lo mejor de sí, no es suficiente.

El flujo de animales es tan masivo que resulta imposible llevar a cabo un seguimiento individualizado. En general pueden más las prisas de contener lo incontenible, lo que desencadena que se anteponga la adopción a toda costa. El problema de esta solución es que su efectividad sólo sirve a corto plazo. Un perro sale del centro, sí, pero la ausencia de valoración previa no prevé las incompatibilidades que puedan surgir. ¿El resultado? El animal se devuelve a la protectora y empieza a ser tachado de “difícil”, el primero de muchos adjetivos que se volverán menos amables con el tiempo y la falta de oportunidades.


Una máxima a tener en cuenta a la hora de adoptar es que no todos los perros son iguales. Afinidades aparte, cada uno tiene sus rasgos: los hay más nerviosos o más tranquilos, más obedientes o indisciplinados, sociables o asustadizos… pero más importante aún, provienen de entornos distintos. Y la mayoría con un pasado que les pesa. Lo cual va unido a problemas de conducta si no son tratados correctamente. Por eso, conocer cada caso proporciona unos datos valiosísimos a la hora de encontrar un dueño adecuado. Porque la información −en ambas direcciones− es el único seguro para una adopción feliz.

En mi caso, no cambio la experiencia de haber sido voluntaria. Gracias a ello me crucé con Ronda, una perra que se convirtió en la mejor compañía.  Pero al mismo tiempo, la vivencia me dejó un regusto amargo, esa sensación de que aún quedan muchas cosas por hacer. De un sentimiento parecido surge Conectadogs, un grupo de personas que, conscientes de estos vacíos, han querido actuar y atender los problemas que quedan al margen por falta de recursos, tiempo o formación. El proyecto quiere ofrecer un trato individualizado a los perros con necesidades especiales. Su fin es rehabilitarlos y romper así con el ciclo de devolución y aislamiento.

En palabras de uno de sus impulsores, Javier Ruiz, “es el primer centro de recuperación canina de España, donde trabajaremos por el bienestar de todos aquellos perros que han agotado sus oportunidades y a los que una legislación antigua o mal planteada ha condenado a vivir por siempre en la soledad de un chenil”. Pero no sólo se caracterizan por ser un salvavidas para aquellos casos más extremos, sino que su objetivo va más allá y propone aunar terapias. Una apuesta totalmente pionera en España donde los perros servirán de apoyo, ejerciendo como co-terapeutas a niños y jóvenes que viven en centros de acción educativa o para luchar contra el acoso escolar. 

Actualmente, el equipo de Conectadogs se encuentra inmerso en una campaña en redes sociales bajo el hashtag #DejaHuella, y ha puesto en marcha un crowdfunding como primer paso para su financiación. Una suma de esfuerzos para dar luz verde a este maravilloso proyecto en el que convergen psicólogos y adiestradores, pero sobre todo, personas comprometidas. De aquellas que todavía se atreven a perseguir ideales y a luchar por hacer de este mundo un lugar mejor.

lunes, 3 de julio de 2017

Laurie Lipton: universos en blanco y negro

Los dibujos de la pequeña Laurie Lipton no eran los garabatos típicos de los niños de su edad. En aquellas hojas de papel, Laurie dibujaba cuerpos que se retorcían y adquirían muecas siniestras. Sus gustos siempre fueron peculiares: prefería quedarse en casa a salir fuera a jugar y de todos los colores, elegía siempre el negro. Un lápiz era todo el color que necesitaba el particular mundo que producía su cabeza. Uno cuyos padres mostraban con orgullo, desconcertando a las visitas, que no llegaban a entender como una niña era capaz de crear algo tan escalofriante.


Los señores Lipton, lejos de adquirir actitudes represivas o de psicoanálisis, la alentaron a seguir dibujando. “Yo era una niñita angelical y mi imaginación era brutal y sangrienta. Por suerte, mis padres nunca me censuraron. Siempre me animaron a hacer exactamente lo que quería artísticamente. En todo lo demás yo era educada y obediente. ¿Será tal vez por eso que mi estilo es salvaje pero mi técnica es extremadamente controlada?”, se pregunta la artista.

Apoyada por sus padres, Laurie estudiaría Bellas Artes pero la universidad no le reportaría el conocimiento que necesitaba. Eran los tiempos de la conceptualidad, donde el marketing personal medía la calidad del artista. La obra se envolvía de narraciones difícilmente observables, en lugar de dejar que ésta hablase por sí misma. Y si hay algo que caracteriza el trabajo de Lipton, es la emanación constante de impresiones. Sus dibujos son incapaces de dejar indiferente a nadie: perturban, intrigan, entusiasman... Algunos los adoran y otros los rechazan, pero no necesitan de un discurso previo para producir efecto.

Su obra habla y lo hace en detalle. Un laberinto de microscópicas partes compone cada pieza. Si alguna vez se sintió obligado a permanecer un tiempo extra delante de un cuadro para fingir apreciación, con Lipton no necesitará hacerlo. Cada centímetro del papel esconde un detalle, ya sea una sombra o el reflejo en una pupila: “Hay mucho oculto en mi obra y hay mucho oculto en mí”, suele decir. Su minuciosidad fuerza la observación e invita a perderse en una atmósfera hipnótica que no tiene más modelos ni referencias que las que hay en su imaginación.

“Todo era abstracto y conceptual cuando estudiaba”, explica. “Solía saltarme las clases y sentarme durante horas en la biblioteca a hacer copias de Durero, Memling y Van Eyck. Así que aunque fui a una de las mejores universidades de arte de los Estados Unidos, soy autodidacta. Mi extraña manera de dibujar consume una cantidad de tiempo inmensa, pero me permite alcanzar la misma calidad luminosa que alcanzaron los Maestros del Renacimiento.” Una declaración así podría sonar presuntuosa pero, ciertamente, su técnica es asombrosa: una superposición de líneas y finos trazos con los que recrea sombras y consigue un realismo fotográfico.

Lipton no dejar de repetir que dibujar es lo único que sabe hacer y que es buena por simple dedicación. El tiempo y la constancia son su receta para el éxito, no hay atajos. “Me impongo tareas imposibles: miles de rostros, una ciudad donde se ve cada ventana, un paisaje con cada brizna de hierba... si me fuera a preocupar por el tiempo que necesito, jamás me podría a ello. Tampoco soy masoquista. Abordo cada dibujo con un sentimiento de "¿Podré?", y a la mierda con el tiempo y las consecuencias. Así que cuando la gente me pregunta −como inevitablemente sucede− cuánto tiempo me lleva cada dibujo, les miento y me invento un número. En realidad no tengo ni idea”.